Comentario: Rodolfo Arizaga

El americanismo es una consecuencia lógica del proceso histórico que el hombre americano comienza a asumir a fines del siglo XIX. La independencia continental es un hecho, el desarrollo cultural avanza aceleradamente y el hombre político, despreocupado ya de tener que mirar al adversario de afuera, empieza a mirar a su aliado de adentro. La gesta emancipadora comienza a despertar un atractivo interés por los temas del Nuevo Mundo aunque todavía no se tenga a mano el idioma preciso, el lenguaje apropiado para comentarlos; no ha habido tiempo ni espacio para ello: predominó entonces y predomina aún la hegemonía cultural del colonialismo europeo. Pero si no pudo entonces hallarse una manera americana para expresar lo americano, al menos se pensó en América y esto no deja de ser un auspicioso punto de partida hacia una meta inalcanzada aún. Con esta vocación se dió la figura de Arturo Berutti, que estudió en el Real Conservatorio de Leipzig y vivió muchos años en Europa, donde escribió varias obras sinfónicas sobre temas de su lejana América y estrenó sus óperas en Italia. Berutti intenta llevar al teatro lírico temas del continente, como lo hizo Carlos Gomes en el Brasil, y escribe “Pampa”, la primera ópera basada en un tema criollo inspirada en el drama de Juan Moreira, luego “Yupanqui”, de ambientación incaica, y “Horrida Nox”, la primera ópera argentina cantada en castellano sobre una acción dramática ubicada en la época de Rosas. La antorcha quedada encendida; faltaba empuñarla y llevarla adelante. Dos figuras capitulares lo hicieron: Alberto Williams y Julián Aguirre, quienes, curiosamente, fueron a estudiar a Europa en el mismo año, 1882. El primero lo hizo en el conservatorio Nacional de París y tomó clases privadas con César Frank, el segundo se licenció en el Real Conservatorio de Madrid. Con temperamentos bien distintos y definidos, cada cual siguió su propia huella: uno, con opulencia, el otro, con sencillez, pero ambos orientados hacia una misma meta: lograr una música nacional, un lenguaje sonoro propio que definiera en música una auténtica expresión local, buscar el ser nacional en la música autóctona del folklore anónimo. Las técnicas musicales de que se disponía no eran americanas sino europeas y el resultado sonoro que se obtuvo fue más europeo que americano. Pero con todo, así, pudo lograrse una refinada estilización de ritmos y giros melódicos que aún permanecen encofrados en el espíritu de la tierra y en las raíces de los anónimos herederos de su legendario pasado.