Comentario: Rodolfo Arizaga

Ese largo y penoso corredor de tiempo que enhebra la primera guerra mundial con la segunda, tiene mucho de pesadilla. Más allá de la destrucción bélica en sí y el abuso de la sofisticación militar (del empleo de gases letales a la bomba atómica) ese tránsito histórico está sellado por el deterioro social que no es otra cosa que la antesala natural de una época nueva que se avecina; un cambio radical de las estructura y del pensamiento, nuevos prismas para la apreciación de los hechos, una óptica diferente e incómoda que obnubila la visión clara de las cosas, que de cerca se ven mal y de lejos mucho peor aún. La crisis económica de 1929 y su depresión destructiva afectó no solo a los bienes de producción y consumo; penetró en el espíritu del hombre. Desde la Revolución de octubre de 1917 y el acceso de Lenin al poder a la bomba atómica, la sociedad mundial ha venido experimentando convulsiones que en nada son contradictorias aunque a veces lo parezcan; Mussolini marcha hacia Roma en 1922, el mismo año en que Stalin fue designado secretario general del Parido Comunista ruso; China se debate en una guerra civil en 1927 con su jefe Chian Kai Chek en uno de los polos en pugna y Japón la invade el año siguiente, llevando la crisis a Oriente; Paraguay y Bolivia se enfrentan en una guerra cruel en suelo americano en 1928 y las guerras de Etiopía y la Civil española presagian la destrucción mundial que ya se estabas gestando.
La ciencia ya está ubicada en la rampa del átomo; Freud, Jung y Adler invaden la sicología hasta desmenuzarla; Tailhard de Chardin asombra y preocupa con su energía vital; Splenger habla de decadencia, Ortega de deshumanización, Artaud cuestiona el suicidio.
Los dadaísta de Zurich cuestionan el orden heredado, la Bauhaus de Weimar convoca la cristalización de un arte aplicado, el surrealismo francés cuestiona con sus juegos oníricos el dramatismo de una realidad que cada día se torna más sofocante. Y la música?
La música no ha terminado de conformarse con el hallazgo del dodecafonismo vienés cuando ya, desde otras vertientes, apunta hacia otros rumbos que aunque aún desconocidos no dejan de mostrarse fantasmagóricamente presentes.
Por aquel complejo paisaje del que hablábamos tuvo que transitar la música argentina, que a poco de nacer, se vió comprometida en un duro y primer conflicto de adolescencia. En aquellos cruentos años de la Guerra del 14 se creó la Sociedad Nacional de Música con el propósito de contribuir a la difusión de la música argentina, desplazada en su desarrollo por la creciente concurrencia de valores internacional que imponía por lógica gravitación, el repertorio consagrado. Si la competencia era imposible, en un medio habituado a sufragar por obras y autores ya impuestos por la historia, era preciso que los músicos locales tuvieran la oportunidad de hacerse escuchar como un estímulo necesario para continuar produciendo. Entre los fundadores de aquella Sociedad – que actualmente se denomina Asociación Argentina de Compositores – se hallaban José André, Felipe Boero, Floro Ugarte, Pascual De Rogatis y Carlos López Buchardo, todos ellos educados en Paría y continuadores de la tradición iniciada por Alberto Williams y Julián Aguirre con significativos aportes al desarrollo de la canción de cámara argentina. Desde su inauguración en 1915 la Sociedad fue recibiendo la adhesión de otras figuras de particular relevancia que protagonizaron, por distintos canales, el advenimiento de una vida musical dinámica y robusta que llegó a autoabastecerse de medios propios, lo que revela, en definitiva, su libre andar por el sendero de su propio desarrollo.