Comentario: Rodolfo Arizaga

Así como los compositores nacidos en la segunda década de este siglo soportaron el peso de las motivaciones que produjo la última guerra mundial, en la generación siguiente – aquella de los nacidos en la década del 20 – se impuso una insólita y llameante novedad que si bien se fue plasmando minuciosamente desde 1905, cuando Einstein formuló su primera Teoría de la Relatividad no tuvo estado público hasta que los Estados Unidos de Norteamérica hicieron estallar la primera bomba atómica en Japón, en 1945. El hecho clausuró la guerra: tuvo practicidad inmediata. Pero originó la mayor angustia que pudo haber sufrido el ser humano: su exterminio total, depositado en la mesa verde de las negociaciones políticas a la que muy pocos tienen acceso.
La realidad proponía un hombre nuevo. Pero muy pocos o nadie estaba preparado para ello. Los mayores menos que ninguno. Esto proporcionó un triste panorama: el cambio por el cambio mismo. La sensibilidad lo ordenaba y lo aconsejaba. Pero la intuición fue mucho menos generosa: no dio paliativos; creó en cambio vallas y laberintos apasionantes, pero enigmáticos. Aún no ha llegado el tiempo en que el juicio sereno haga historia. Porque aquí se detiene, fatalmente, el proceso artístico no solo argentino sino universal; lo que sigue, es proceso, postulación, interrogante.
Nunca el hombre se ha planteado de manera tan general como en esta época el enigma de la vida. No porque los hechos anteriores fuesen más o menos graves que los actuales; simplemente porque todos los factores contribuyeron a que todos los seres humanos hayan sentido la muerte demasiado posible. Todo un esquema, novísimo, que por posible, destruyó dos mil años de esperanza, para algunos, o engendró una esperanza nueva, para otros.
Musicalmente hablando, cabe comprender que las formas clásicas ya no tenían sentido, pero había que intentarlas: todo un dictado de la tradición aprendida en clase de maestros tan confundidos como sus alumnos pero con controles más sutiles, a base de experiencia. Flota en el aire una crisis de la costumbre, una ampliación de los horizontes que la realidad convencional no había prevista hasta ese momento. Cada músico de este etapa vive como el habitante de una isla desierta; piensa y siente a leguas de cada cual. Sin alguna comunicación posible; precisamente, cuando las comunicaciones perfeccionan sus mecanismo y permiten el contacto directo cuando se quiere o se necesita.,  Como si el teléfono, la radio, el periodismo o la televisión fueran mares u océanos tan enigmáticos como los de hace cuatro siglos atrás. Cada cual está en lo suyo, consciente o no de que está en una isla. Ignorando distancias o salvando apariencias. Lo que es lo mismo. Y el fruto de esta incomunicación es el desborde equívoco de una realidad incuestionable como indefinible, a no ser que se quiera acceder a una incomprensión inesperada de quien o quienes pueden orquestar un diálogo con su época.