Comentario: Rodolfo Arizaga

A semejanza – modesta por cierto – de París y otras importantes capitales europeas, Buenos Aires, a mediados del siglo pasado, cultivó una refinada vida artística familiar. Las residencias de más elevado nivel social (y por ende económico) de la ciudad se constituyeron en sedes naturales del elegante esparcimiento. Esto contribuyó a la concreción de un estilo propio de la época donde la música de salón fue una de sus principales protagonistas. En aquellos espaciosos y alhajados recintos se practicaba una pagana liturgia social donde la cultura, la inteligencia y la elegancia eran sus permanentes invitadas. Se bailaba las danzas de la época y se hacía música de cámara (tocada por los propios contertulios aficionados), se discurría de política, los poetas leían sus versos enfervorizados por la lucha de la independencia y el floreciente romanticismo, al borde de licores y refrescos, chocolate, mate y roquillas criollas, en franca competencia con las exquisiteces de la cocina francesa. Estas tertulias no solo eran frecuentes sino que a veces solían hacerse semanalmente y en días fijos., Su concurrencia reunía junto a las damas más elegantes de Buenos Aires, a poetas, músicos, diplomáticos, prelados, militares de alta graduación, personajes insoslayables y todo visitante ilustre que llega a la capital. Músicos con Juan Pedro Esnaola, Amancio Alcorta y Juan Bausitas Alberdi, entre otros tantos, alternaron en esas tertulias con poetas como Vicente López y Planes, Esteban Echeverría, Esteban de Luca, personalidades políticas como el almirante Guillermo Brown y el general Carlos María de Alvear, y personajes de la nobleza internacional como el conde Walenski (hijo de Napoleón), el barón de Holmberg y el duque de Caxías.